
Detrás de una ventana no sólo hay un par de ojos; hay miradas matizadas por mentes y corazones que viven, sueñan, recuerdan, desean, añoran, olvidan, esperan y mueren.
Esta serie de historias, más que cuentos son miradas y como la vida, a veces se quedan en puntos suspensivos; porque ni siquiera la muerte es realmente un final, ni el nacimiento un principio. Antes de que naciéramos ya el mundo giraba y cuando nos marchemos, lo seguirá haciendo. Sin embargo, nada podrá borrar la huella de nuestro paso.
Mi casa y yo hoy nos parecemos. Andamos en sombras. He
cerrado las persianas de la ventana que da
la calle. Lástima, porque ya no podré ver el árbol donde se posan las
torcazas y anidan los azulejos. Pero no será por mucho tiempo. Eso espero. Le
he puesto un plazo a mi memoria para que te borre; lo que no sé es si ella será
capaz de olvidar los sueños que tuve contigo y de los que tú jamás te
enteraste. Ya no quiero verte acompañando a tu perro a dar la vuelta a la
manzana mientras hablas por teléfono. Tampoco
quiero que mires hacia acá arriba, desde donde yo te observo, ni que me me
regales esas bellas sonrisas que yo interpreto y acomodo a mis deseos. No quiero
añorar tu caminar sombrío y meditabundo, que hace que me den ganas de bajar a
darte un abrazo y así espantarte esa tristeza.
Es raro despedirse de alguien, con quien has construido un sueño rosa en una
especie de universo paralelo sólo existente en tu propia cabeza. Hoy me despido
de ti porque a pesar de que desde un principio sabía que la palabra “nosotros”
no existía más que en mi imaginación desbordada, caí en la tentación de esperar
a que se materializara. Me enamoré de tu
imagen de hombre interesante, con tu pelo negro ensortijado poco amigo de la
peineta y la tijera, de tus gestos un tanto desgarbados pero no por ello
ordinarios y de tu pedacito de voz
profunda que me llegó una vez a través de la ventana, cuando a fuerza de vernos, al fin te decidiste
a saludarme. Tatué ese sonido grave y
varonil en mi mente, tal como lo hacen los caracoles huecos con el sonido de las
olas del mar, deseando que a mi voz le hubiera pasado lo mismo contigo y se
hubiera quedado bailando entre tus tímpanos.
No puedo saber si este
sentimiento hacia ti alcanzó a llegar a
tu corazón; quizás ese lugar tampoco existe y el amor sea una creación de esa maraña de
neuronas llamada cerebro. En todo caso, en ese lugar existente o no, yo elegí
colocarnos a nosotros dos.
Me avergüenza enormemente reconocer, mientras observo por última vez a través de mi ventana,
estirando mi cuello para verte pasar
otra vez con tu perro, ya que son las cinco de la tarde, aunque nunca
se sabe cuándo lo harás, que pude crear
la posibilidad a futuro de abandonar mi mundo plagado de príncipes de todos los
colores y empezar una nueva vida contigo, como las personas comunes y
corrientes. Nos imaginé caminando tomados de la mano mientras paseamos juntos a
los perros, el tuyo y el mío. No. Mejor sólo al tuyo, porque tú amas demasiado
a los perros y yo no sería tu único nuevo amor. Ahora que lo pienso, deberías cambiar
de mascota y tener un pez. Un pez se queda allí, nadando silencioso; no sale
corriendo a recibirte ni necesita que les toques la cabeza para calmar su
emoción casi frenética cuando llegas. Sí. Deberías tener un pez. Pero ya no
importa. Puedes tener lo que desees.
Alcancé a casi saber
cómo sería tu olor, a aceptar tu aliento a cigarrillo, aunque lo odio y me
molesta en todos menos en ti, a
envolverme en tus sábanas y a fantasear cómo sería ser cobijada por tu piel. Me
imaginé tratando de ganarme a tu madre, que en mi loca cabeza es una viejecita
dulce y un poco olvidadiza, conquistando a tu hija, que aunque no tengo ni idea
si tienes una, estoy segura que de tenerla tendría tu sonrisa; y a tus
hermanos, quienes a pesar de que no sé si los tienes, seguro que es así, porque la
gente de tu edad siempre tiene hermanos, no como los chicos de hoy que vienen
de uno en uno, estoy segura de que me adorarían porque sé que están un poco locos y yo
me sentiría como en esa familia que no tengo. No es que no tenga hermanos ni
hermanas. Sí los tengo. Andan regados por ahí haciendo gala de su normalidad.
Como si fuera importante ser normal. Como si fuera posible ser normal.
Muéstrame a cualquier ser humano y en dos segundos te diré qué locura lo
aqueja. Mis hermanos se creen cuerdos. Qué ilusos.
Pude verme saliendo a
comprar pan recién hecho en las mañanas mientras tu dormías, para regresar una
hora más tarde a tu casa y encontrarte despierto esperándome con una taza de
café humeante, una sonrisa perezosa y una invitación a bañarnos juntos haciendo
el amor hasta que fuera la hora del almuerzo. Soñé que te veía perderte tras la
puerta de tu estudio, para impedirme verte en tu proceso creativo y aunque no
sé a qué te dedicas, me pareció fantástico
creer que eres un artista famoso, tal
vez un compositor, lleno de sueños, de
rarezas y de traumas.
Me imaginé dos semanas de nuestras vidas conociéndonos y
descubriéndonos por fuera y por dentro, en una playa lejana o quizás
muriéndonos de frío o en una montaña, lejos de la vida cotidiana.
Finalmente, pude vernos prometiéndonos no prometernos nada,
permitiendo que la vida siguiera su curso, para que el universo, si ese era nuestro destino,
juntara nuestros caminos. Aunque yo seguramente, le prestaría un poco de ayuda,
no fuera que éste tuviera otros planes diferentes a los míos.
Pero no creo que tú quieras vivir ese sueño. Se me ha metido
en la cabeza que tienes situaciones inconclusas con quien fuera tu esposa; que estás en la
mitad de mil proyectos y que tal vez yo te distraigo de ellos; que has sufrido
mucho, te han herido y que en el fondo no quieres volver a correr el riesgo de
repetir ese tormento. Quizás intuyes,
desde ese corazón sensible que tengo la certeza que posees, que si llegaras a darme la oportunidad, no,
corrijo, si llegaras a darte la oportunidad, sabrías que desde hace varias
vidas hemos estado unidos y que tú y yo nos debemos la felicidad de poder al fin estar juntos.
Así que, mi querido Rafael, tu nombre no lo sé pero así te
bauticé, mi amante imaginario con nombre
de ángel, hoy te digo adiós y te doy las gracias por haberme saludado. Antes de
tomarme esta pastilla mágica que me recetó el aniquilador de sueños, que me
aterriza y me recuerda que soy de carne y hueso, quiero verte por última vez
desde mi ventana paseando con tu perro, fumándote un cigarrillo, mirando al
cielo y tal vez, dedicándome una sonrisa.
Hoy estoy triste. Pero no te preocupes. Ya me he despedido demasiadas veces en la
vida. Siempre he sobrevivido. Te mando, Rafael, como siempre, mil besos. Que
haya amor, luz y alegría en tu vida. No te digo que voy a esperarte, porque no
es algo que pueda asegurarle a nadie. Quizás, cuando pierdas el miedo y decidas
que te mereces tenerme, yo ya haya dejado de soñarte. Ahora que lo pienso bien,
no deseo ser de carne y hueso. Ya mismo me deshago de esas pastillas asesinas
de fantasías. Vivir sin soñar, es como estar muerta. Tranquilo Rafael. Aquí te
estaré esperando, a menos que pase frente a mi ventana, otro ángel.

No hay comentarios:
Publicar un comentario