DESDE LA VENTANA






Detrás de una ventana no sólo hay un par de ojos; hay miradas matizadas por mentes y corazones que viven, sueñan, recuerdan, desean, añoran, olvidan, esperan y mueren.

Esta serie de historias, más que cuentos son miradas y como la vida, a veces se quedan en puntos suspensivos; porque ni siquiera la muerte es realmente un final, ni el nacimiento un principio. Antes de que naciéramos ya el mundo giraba y cuando nos marchemos, lo seguirá haciendo. Sin embargo, nada podrá borrar la huella de nuestro paso.



ADIOS RAFAEL



Mi casa y yo hoy nos parecemos. Andamos en sombras. He cerrado las persianas de la ventana que da  la calle. Lástima, porque ya no podré ver el árbol donde se posan las torcazas y anidan los azulejos. Pero no será por mucho tiempo. Eso espero. Le he puesto un plazo a mi memoria para que te borre; lo que no sé es si ella será capaz de olvidar los sueños que tuve contigo y de los que tú jamás te enteraste. Ya no quiero verte acompañando a tu perro a dar la vuelta a la manzana mientras  hablas por teléfono. Tampoco quiero que mires hacia acá arriba, desde donde yo te observo, ni que me me regales esas bellas sonrisas que yo interpreto y acomodo a mis deseos. No quiero añorar tu caminar sombrío y meditabundo, que hace que me den ganas de bajar a darte un abrazo y así espantarte esa tristeza.

Es raro despedirse de alguien,  con quien has construido un sueño rosa en una especie de universo paralelo sólo existente en tu propia cabeza. Hoy me despido de ti porque a pesar de que desde un principio sabía que la palabra “nosotros” no existía más que en mi imaginación desbordada, caí en la tentación de esperar a que se materializara.  Me enamoré de tu imagen de hombre interesante, con tu pelo negro ensortijado poco amigo de la peineta y la tijera, de tus gestos un tanto desgarbados pero no por ello ordinarios y  de tu pedacito de voz profunda que me llegó una   vez a través de la  ventana, cuando a fuerza de vernos, al fin te decidiste a saludarme.  Tatué ese sonido grave y varonil   en mi mente, tal como lo  hacen    los caracoles huecos con el sonido de las olas del mar, deseando que a mi voz le hubiera pasado lo mismo contigo y se hubiera quedado bailando entre tus tímpanos.

No puedo saber  si este sentimiento hacia ti  alcanzó a llegar a tu corazón; quizás ese lugar tampoco existe y  el amor sea una creación de esa maraña de neuronas llamada cerebro. En todo caso, en ese lugar existente o no, yo elegí colocarnos a nosotros dos.

Me avergüenza enormemente reconocer, mientras  observo por última vez a través de mi ventana, estirando mi cuello  para verte pasar otra  vez con tu perro,  ya que son las cinco de la tarde, aunque nunca se sabe cuándo lo harás,  que pude crear la posibilidad a futuro de abandonar mi  mundo plagado de príncipes de todos los colores y empezar una nueva vida contigo, como las personas comunes y corrientes. Nos imaginé caminando tomados de la mano mientras paseamos juntos a los perros, el tuyo y el mío. No. Mejor sólo al tuyo, porque tú amas demasiado a los perros y yo no sería tu único nuevo amor. Ahora que lo pienso, deberías cambiar de mascota y tener  un pez. Un pez  se queda allí, nadando silencioso; no sale corriendo a recibirte ni necesita que les toques la cabeza para calmar su emoción casi frenética cuando llegas. Sí. Deberías tener un pez. Pero ya no importa. Puedes tener lo que desees.

Alcancé  a casi saber cómo sería tu olor, a aceptar tu aliento a cigarrillo, aunque lo odio y me molesta en todos menos en ti,  a envolverme en tus sábanas y a fantasear cómo sería ser cobijada por tu piel. Me imaginé tratando de ganarme a tu madre, que en mi loca cabeza es una viejecita dulce y un poco olvidadiza, conquistando a tu hija, que aunque no tengo ni idea si tienes una, estoy segura que de tenerla tendría tu sonrisa; y a tus hermanos, quienes a pesar de que no sé  si los tienes, seguro que es así, porque la gente de tu edad siempre tiene hermanos, no como los chicos de hoy que vienen de uno en uno, estoy segura de que me adorarían porque sé que están un poco locos y yo me sentiría como en esa familia que no tengo. No es que no tenga hermanos ni hermanas. Sí los tengo. Andan regados por ahí haciendo gala de su normalidad. Como si fuera importante ser normal. Como si fuera posible ser normal. Muéstrame a cualquier ser humano y en dos segundos te diré qué locura lo aqueja. Mis hermanos se creen cuerdos. Qué ilusos.

Pude verme saliendo  a comprar pan recién hecho en las mañanas mientras tu dormías, para regresar una hora más tarde a tu casa y encontrarte despierto esperándome con una taza de café humeante, una sonrisa perezosa y una invitación a bañarnos juntos haciendo el amor hasta que fuera la hora del almuerzo. Soñé que te veía perderte tras la puerta de tu estudio, para impedirme verte en tu proceso creativo y aunque no sé a qué te dedicas,  me pareció fantástico creer que eres un artista  famoso, tal vez un compositor,  lleno de sueños, de rarezas y de traumas.

Me imaginé dos semanas de nuestras vidas conociéndonos y descubriéndonos por fuera y por dentro, en una playa lejana o quizás muriéndonos de frío o en una montaña, lejos de la vida cotidiana.

Finalmente, pude vernos prometiéndonos no prometernos nada, permitiendo que la vida siguiera su curso, para  que el universo, si ese era nuestro destino, juntara nuestros caminos. Aunque yo seguramente, le prestaría un poco de ayuda, no fuera que éste tuviera otros planes diferentes a los míos.

Pero no creo que tú quieras vivir ese sueño. Se me ha metido en la cabeza que tienes situaciones inconclusas con quien fuera tu esposa; que estás en la mitad de mil proyectos y que tal vez yo te distraigo de ellos; que has sufrido mucho, te han herido y que en el fondo no quieres volver a correr el riesgo de repetir ese tormento. Quizás  intuyes, desde ese corazón sensible que tengo la certeza que posees,  que si llegaras a darme la oportunidad, no, corrijo, si llegaras a darte la oportunidad, sabrías que desde hace varias vidas hemos estado unidos y que tú y yo nos debemos la  felicidad de poder al fin estar juntos.

Así que, mi querido Rafael, tu nombre no lo sé pero así te bauticé, mi amante  imaginario con nombre de ángel, hoy te digo adiós y te doy las gracias por haberme saludado. Antes de tomarme esta pastilla mágica que me recetó el aniquilador de sueños, que me aterriza y me recuerda que soy de carne y hueso, quiero verte por última vez desde mi ventana paseando con tu perro, fumándote un cigarrillo, mirando al cielo y tal vez, dedicándome una sonrisa.

Hoy estoy triste. Pero no te preocupes.  Ya me he despedido demasiadas veces en la vida. Siempre he sobrevivido. Te mando, Rafael, como siempre, mil besos. Que haya amor, luz y alegría en tu vida. No te digo que voy a esperarte, porque no es algo que pueda asegurarle a nadie. Quizás, cuando pierdas el miedo y decidas que te mereces tenerme, yo ya haya dejado de soñarte. Ahora que lo pienso bien, no deseo ser de carne y hueso. Ya mismo me deshago de esas pastillas asesinas de fantasías. Vivir sin soñar, es como estar muerta. Tranquilo Rafael. Aquí te estaré esperando, a menos que pase frente a mi ventana, otro ángel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario