Llueve. Corro a cerrar la ventana. Las gotas se estrellan contra el vidrio y yo observo cómo el pavimento se da un baño. Eso significa que hoy trabajo sólo hasta medio día.
¡Yupi! La lluvia me está regalando una tarde libre. Nada de piscinas, ni de convencer
a mis alumnos del lunes que el agua está
rica, que juguemos cinco minutos más aunque los vea tiritando, que no se llora
por el agua fría. A mí tampoco me gustan las piscinas frías. Pero sí los ríos.
Indescriptible el placer de zambullirme en un charco helado, después de haber
montado mi bicicleta cuesta arriba con
gran esfuerzo durante una hora, con el cuerpo caliente, los músculos cansados y
la satisfacción de haber sido capaz de llegar sin hacer más que una parada.
Sentir el agua en mis pies y saltar sin
pensar, permitiendo que ese hielo
delicioso se meta por mi piel y haga fluir la sangre por todo mi cuerpo con la
potencia que tiene sentir la vida palpitando. La respiración entrecortada
tratando de adaptarme a esa temperatura y de pronto, la sonrisa inmediata en mi
cara, en mi ser, en mi alma.
Hoy llueve y se lo agradezco al cielo. Me asomo a la ventana
y veo caer pequeñas gotas haciendo infinitos círculos en los pozos que se
forman sobre el pavimento. Los pájaros están silenciosos y las llantas de los
carros pasan haciendo cantar el agua de
lluvia.
Mi madre me enseñó que la lluvia es bella y que los días
grises también son hermosos. Para ella
un día lluvioso es tan bonito como uno soleado. “¿Tan bella la lluvia, cierto
mija?”. Me parece que la escucho y que al mismo tiempo la veo sonreír. Gracias
mamá.
Llueve. No quiero que escampe. Me encanta convertirme en una
especie de oso que hiberna aunque sea sólo por un día, para escabullirme en la
cueva de mi alma y así tener tiempo para bailar un buen rato con mis propios
ángeles y demonios.
