viernes, 26 de enero de 2018

Números


Tengo que ir a visitar a mi mamá. Qué remordimiento. Hace dos semanas no la veo. Pero estoy cansada. Cuarenta y cinco kilómetros de bici, cuatro de trote a todo sol, cuatro meses sin entrenar en serio y estoy molida. Necesito dormir. Almuerzo a domicilio. Mi hijo y yo logramos devorar un menú para cuatro. Estoy repleta. Después de la siesta visitaré a mi mamá. Ella no sabe que yo iré. Es más, ella no sabe quién soy yo. No importa. Son las cuatro de la tarde y no hice las compras de la semana. Pero tengo que visitar a mi mamá. Qué remordimiento. Son las cinco de la tarde. Todas las cajas del supermercado estaban llenas. A las cinco le dan la comida, su pastilla para dormir y a la cama. Las visitas no pueden llegar más tarde de las cinco y media. La saludé y me miró desde ese lugar misterioso que solo pueden ver los ancianos que se quedan sin memoria. La encontré en cama, las manos frías, los párpados a punto de cerrarse, me senté a su lado, busqué en mi celular una canción de la virgen  de esas que ella cantaba (cuando  todavía podía  hacerlo) y lloré mi culpa. Son las seis de la tarde. Qué lento pasa el tiempo en este lugar. Se me va a dañar el pescado congelado  y el carro va a quedar con olor a rancio. Sequé mis lágrimas, beso en la frente, bendición mamita, en el nombre del padre del hijo y del espíritu santo. Te amo. En estos días vuelvo. Ella no sabe que quizás no cumpla la promesa. ¿O si?

miércoles, 24 de enero de 2018

PRISIONERA



Ella se cansó. Si. Sólo se cansó. Sentada en su mecedora cerró los ojos. Por más que intentaron despertarla, ella permaneció así, cerrada, metida dentro de su vieja y resquebrajada caparazón. Le dijeron que un ángel vendría por ella cuando  llegara el momento de su liberación, pero sólo venían sus hijos para molestarla. Seguro que su ángel estaba esperando a que todos se fueran. Y apretaba los párpados y los labios y los puños. Poco a poco los parientes también se cansaron y llegó con la noche el silencio. Se quedó muy quieta, atenta, para escuchar el aleteo. Y lo escuchó. El aire se llenó de abanicos ondeantes. Ella sonrió. Abrió los ojos. Un halcón estaba parado sobre el espaldar dorado de su cama de bronce. Se miraron. El ave abrió sus alas y se abalanzó sobre la anciana. Ella abrió los brazos, se puso de pie, olvidó que sus piernas llevaban ya tiempo muertas. Las garras se clavaron sobre sus hombros huesudos , los pies rozaron el piso y ambos se dieron un abrazo de dolor y sangre. La encontraron a los pies de la mecedora sobre el piso de madera, los párpados sellados, los labios fruncidos, las mejillas flacas, los hombros desnudos, sangrantes,  la vieja piyama en jirones, la piel amarilla y las manos frías. Los miró desde afuera, pobres desgraciados, hambrientos de herencia. Vámonos, le dijo a su libertador, llévame al cielo, al infierno, no importa, solo llévame lejos de esta prisión.