Ella se cansó. Si. Sólo se cansó. Sentada en su mecedora cerró los ojos. Por más que intentaron despertarla, ella permaneció así, cerrada, metida dentro de su vieja y resquebrajada caparazón. Le dijeron que un ángel vendría por ella cuando llegara el momento de su liberación, pero sólo venían sus hijos para molestarla. Seguro que su ángel estaba esperando a que todos se fueran. Y apretaba los párpados y los labios y los puños. Poco a poco los parientes también se cansaron y llegó con la noche el silencio. Se quedó muy quieta, atenta, para escuchar el aleteo. Y lo escuchó. El aire se llenó de abanicos ondeantes. Ella sonrió. Abrió los ojos. Un halcón estaba parado sobre el espaldar dorado de su cama de bronce. Se miraron. El ave abrió sus alas y se abalanzó sobre la anciana. Ella abrió los brazos, se puso de pie, olvidó que sus piernas llevaban ya tiempo muertas. Las garras se clavaron sobre sus hombros huesudos , los pies rozaron el piso y ambos se dieron un abrazo de dolor y sangre. La encontraron a los pies de la mecedora sobre el piso de madera, los párpados sellados, los labios fruncidos, las mejillas flacas, los hombros desnudos, sangrantes, la vieja piyama en jirones, la piel amarilla y las manos frías. Los miró desde afuera, pobres desgraciados, hambrientos de herencia. Vámonos, le dijo a su libertador, llévame al cielo, al infierno, no importa, solo llévame lejos de esta prisión.

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