Tengo que ir a visitar a mi mamá. Qué remordimiento. Hace dos semanas no la veo. Pero estoy cansada. Cuarenta y cinco kilómetros de bici, cuatro de trote a todo sol, cuatro meses sin entrenar en serio y estoy molida. Necesito dormir. Almuerzo a domicilio. Mi hijo y yo logramos devorar un menú para cuatro. Estoy repleta. Después de la siesta visitaré a mi mamá. Ella no sabe que yo iré. Es más, ella no sabe quién soy yo. No importa. Son las cuatro de la tarde y no hice las compras de la semana. Pero tengo que visitar a mi mamá. Qué remordimiento. Son las cinco de la tarde. Todas las cajas del supermercado estaban llenas. A las cinco le dan la comida, su pastilla para dormir y a la cama. Las visitas no pueden llegar más tarde de las cinco y media. La saludé y me miró desde ese lugar misterioso que solo pueden ver los ancianos que se quedan sin memoria. La encontré en cama, las manos frías, los párpados a punto de cerrarse, me senté a su lado, busqué en mi celular una canción de la virgen de esas que ella cantaba (cuando todavía podía hacerlo) y lloré mi culpa. Son las seis de la tarde. Qué lento pasa el tiempo en este lugar. Se me va a dañar el pescado congelado y el carro va a quedar con olor a rancio. Sequé mis lágrimas, beso en la frente, bendición mamita, en el nombre del padre del hijo y del espíritu santo. Te amo. En estos días vuelvo. Ella no sabe que quizás no cumpla la promesa. ¿O si?
Palabras desde las entrañas, historias tejidas con los hilos de los sueños, emociones vivas.
viernes, 26 de enero de 2018
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