domingo, 18 de mayo de 2014

OJOS






Escucha un ruido, pero no quiere darse la vuelta. Le gusta suponer cosas, imaginárselas, crear a partir de sensaciones y no de certezas. Alcanza a vislumbrar una silueta reflejada en el espejo de su estudio. Esta muy quieta. Parece una estatua negra. Siente una mirada quemando su espalda. No sabe quién lo observa; no puede darse cuenta siquiera si es una mujer o un hombre, un habitante de la calle o un deportista de esos que salen en la madrugada. Él se ha dado a la tarea de observarlos, porque casi no duerme de  noche. 

Cuando el sol despierta a los niños y a los viejos, cuando suenan las alarmas que  arrancan violentamente del sueño a los que salen a trabajar temprano, cuando empieza el aire a oler a huevos fritos, chocolate caliente y arepa, él cierra la ventana y se va a la cama hasta el mediodía. No siempre fue así.  Sus días solían empezar con besos, risas de colores, cascadas de anécdotas y frases cantarinas. Pero eso era antes. Ahora ve pasar a  los deportistas calzados tenis de marca, con sus caras saludables y serias. Jamás ha visto pasar un corredor matutino con cara sonriente. Todos se ven como haciendo penitencia. El los observa cada mañana mientras se fuma un cigarrillo. Ni se le pasa por la mente hacer lo mismo que ellos.

Deduce, de antemano, que la sombra que lo observa no es uno de ellos. Cuando llueve no salen. Parece que le temen al agua. Y entonces… ¿Quién podrá ser? No importa. Sí importa. Quiere saberlo pero no quiere que se espante. Así que se desplaza hacia el baño que da a la pared de la calle y se asoma por una pequeña ventana. Sólo puede ver la silueta de lo que a él le parece, es una mujer. Toda ella oscura excepto los pantalones que parecen color rosa cubriendo sus caderas curvas. Está oscuro y las gotas de lluvia ahogan la luz de la lámpara de la calle. No puede ver su cara.

No le gusta ser observado, pero en esta ocasión siente que es distinto y que podría ser interesante trabajar mientras alguien lo espía. Así que intenta desprenderse de la idea de esa sombra quieta que lo acompaña. Decide subir el volumen de la música. Evoca uno de sus viajes. Ha viajado mucho. Parece más un fugitivo que un artista errante. Los lugares lo seducen, lo enamoran y luego, lo espantan. En este nuevo lugar ha permanecido poco tiempo. Está en la fase de la seducción. Las palmeras de esta ciudad y sus mujeres se parecen; esbeltas y flexibles. La brisa canta por las tardes y las noches son cálidas y serenas. El sol  de repente se esconde y puede caer de un momento a otro un aguacero "ventiado" , para después salir de nuevo y dejar el aire pesado, caliente y lleno de minúsculas gotas de agua que se adhieren a la piel dejándola pegajosa. Esta nueva tierra tiene alma de mujer.

Empieza a danzar. Toma el pincel y observa su nueva obra. No le gusta. Algo le falta. Recuerda la sombra que lo observa, se deja atravesar por  su mirada y deja que lo invada. Un frenesí creativo se apodera de él y siente, es muy raro, como si un titiritero invisible estuviera moviendo su mano. Está como poseído. Como cuando estaba ella. Un alud de recuerdos le cae encima: el movimiento de sus caderas al andar de la sala a la cocina;  las preguntas incesantes "¿quieres un tinto?, ¿qué quieres comer? ¿Qué estás pensando?" que más que decirlas, parecía que las cantaba; durante sus "iras malas" como ella las llamaba,  cualquier cosa que tuviera en su mano podía salir volando... Evoca todo eso y mucho más en un segundo… Ella se apoderó de su alma y cuando se fue, lo dejó como un coco hueco, sólo carne y caparazón duro. Un día cualquiera tomó su maleta y salió por la puerta sin decir nada, sin mirar atrás, sin dar explicaciones.

Desde que ella se fue no danza.  Se hace consciente de que está bailando... no... su ser se está desperezando, como regresando de un penoso letargo y se deja llevar. El pincel parece poseído y el lienzo se viste por fin. De repente, la música cesa y el mundo   se detiene. Algo quema su espalda y sin pensarlo, gira.

Se encuentra con dos ojos espantados que lo empujan hacia atrás y se amarran  a los suyos por poco menos que un segundo. Un instante después, no están. Qué extraño. Da la vuelta para volver sobre su trabajo. Se asusta. Un fantasma está sentado en el lienzo recién pintado. Se espanta  y le da la vuelta para no verlo. Va por un cigarrillo y un café. Cierra la cortina, se dirige a su cuarto ausente de ventanas y mientras observa cómo el humo hace dibujos en el aire intentando escapar del encierro, sus párpados caen agotados.

Sueña con un enorme par de ojos que lo miran  cubriendo todo el marco de su ventana. No parpadean. Sólo lo miran y esa mirada está hueca, muerta. Se acercan, se hacen gigantes y lo devoran. Siente que se ahoga y sus pulmones sedientos de aire lo despiertan. Se levanta desorientado. Sus reflejos de supervivencia le permiten reaccionar, saltar sobre el periódico que ha dejado desparramado al lado de su cama y que ahora está en llamas. Pero su cerebro continúa dormido. Cuando al fin se le ocurre ir por una toalla al baño para sofocar el fuego,  la cama se ha encendido. Se desespera. Solo le preocupan sus pinturas. Sale a buscarlas. El humo va tras él persiguiéndolo como un fantasma. Tocan a su puerta desde afuera, se oyen gritos y él abre como un autómata. Ve cómo un pequeño ejército de deportistas  entra a su casa  extrañamente organizado y haciendo una cadena humana llevan al antejardín  los cuadros. Nadie parece notar que está desnudo. "¿Habla español?", alguien pregunta sin esperar respuesta. Ya llamamos a los bomberos. “No se preocupe que nosotros le salvamos sus cuadros”. Dice una mujer de pantalón rosa que dirige la cuadrilla de improvisados socorristas. Sus ojos se encuentran. Ella lo mira nerviosamente, le sonríe y le dice que ha tenido suerte de que  estuviera pasando por ahí justo en el momento del fuego. Sus mejillas se incendian.

La sirena de los bomberos irrumpe bruscamente para apagar el fuego que ya se ha tragado la cama y las cortinas del cuarto.  Una hora después,  todo vuelve a la calma. La casa huele a fogata urbana.  El sol ha logrado abrirse paso a codazos, los deportistas se han dispersado, los mirones han retornado a sus vidas, la mujer de pantalón rosa no está y ... él... se siente extrañamente en paz. Ha recuperado su alma.