Escucha
un ruido, pero no quiere darse la vuelta. Le gusta suponer cosas, imaginárselas,
crear a partir de sensaciones y no de certezas. Alcanza a vislumbrar una
silueta reflejada en el espejo de su estudio. Esta muy quieta. Parece una
estatua negra. Siente una mirada quemando su espalda. No sabe quién lo
observa; no puede darse cuenta siquiera si es una mujer o un hombre, un
habitante de la calle o un deportista de esos que salen en la madrugada. Él se
ha dado a la tarea de observarlos, porque casi no duerme de noche.
Cuando el sol despierta a los niños y a
los viejos, cuando suenan las alarmas que
arrancan violentamente del sueño a los que salen a trabajar temprano,
cuando empieza el aire a oler a huevos fritos, chocolate caliente y arepa, él
cierra la ventana y se va a la cama hasta el mediodía. No siempre fue así. Sus días solían empezar con besos, risas de
colores, cascadas de anécdotas y frases cantarinas. Pero eso era antes. Ahora ve
pasar a los deportistas calzados tenis
de marca, con sus caras saludables y serias. Jamás ha visto pasar un corredor
matutino con cara sonriente. Todos se ven como haciendo penitencia. El los
observa cada mañana mientras se fuma un cigarrillo. Ni se le pasa por la mente
hacer lo mismo que ellos.
Deduce, de
antemano, que la sombra que lo observa no es uno de ellos. Cuando llueve no
salen. Parece que le temen al agua. Y entonces… ¿Quién podrá ser? No importa.
Sí importa. Quiere saberlo pero no quiere que se espante. Así que se desplaza
hacia el baño que da a la pared de la calle y se asoma por una pequeña ventana.
Sólo puede ver la silueta de lo que a él le parece, es una mujer. Toda ella
oscura excepto los pantalones que parecen color rosa cubriendo sus caderas
curvas. Está oscuro y las gotas de lluvia ahogan la luz de la lámpara de la
calle. No puede ver su cara.
No le gusta
ser observado, pero en esta ocasión siente que es distinto y que podría ser
interesante trabajar mientras alguien lo espía. Así que intenta desprenderse de
la idea de esa sombra quieta que lo acompaña. Decide
subir el volumen de la música. Evoca uno de sus viajes. Ha viajado mucho.
Parece más un fugitivo que un artista errante. Los lugares lo seducen, lo
enamoran y luego, lo espantan. En este nuevo lugar ha permanecido poco tiempo.
Está en la fase de la seducción. Las palmeras de esta ciudad y sus mujeres se
parecen; esbeltas y flexibles. La brisa canta por las tardes y las noches son
cálidas y serenas. El sol de repente se esconde y puede caer de un
momento a otro un aguacero "ventiado" , para después salir de nuevo y dejar el
aire pesado, caliente y lleno de minúsculas gotas de agua que se adhieren a la
piel dejándola pegajosa. Esta nueva tierra tiene alma de mujer.
Empieza a
danzar. Toma el pincel y observa su nueva obra. No le gusta. Algo le falta.
Recuerda la sombra que lo observa, se deja atravesar por su mirada y deja que lo invada. Un frenesí
creativo se apodera de él y siente, es muy raro, como si un titiritero
invisible estuviera moviendo su mano. Está como poseído. Como cuando estaba ella.
Un alud de recuerdos le cae encima: el movimiento de sus caderas al andar de la
sala a la cocina; las preguntas
incesantes "¿quieres un tinto?, ¿qué quieres comer? ¿Qué estás
pensando?" que más que decirlas, parecía que las cantaba; durante sus
"iras malas" como ella las llamaba, cualquier cosa que tuviera en su mano podía
salir volando... Evoca todo eso y mucho más en un segundo… Ella se apoderó de
su alma y cuando se fue, lo dejó como un coco hueco, sólo carne y caparazón
duro. Un día cualquiera tomó su maleta y salió por la puerta sin decir nada,
sin mirar atrás, sin dar explicaciones.
Desde que
ella se fue no danza. Se hace consciente
de que está bailando... no... su ser se está desperezando, como regresando de
un penoso letargo y se deja llevar. El pincel parece poseído y el lienzo se
viste por fin. De repente, la música cesa y el mundo se detiene. Algo quema su espalda y sin
pensarlo, gira.
Se
encuentra con dos ojos espantados que lo empujan hacia atrás y se amarran a los suyos por
poco menos que un segundo.
Un instante después, no están. Qué extraño. Da la vuelta para volver sobre su
trabajo. Se asusta. Un fantasma está sentado en el lienzo recién pintado. Se
espanta y le da la vuelta para no verlo.
Va por un cigarrillo y un café. Cierra
la cortina, se dirige a su cuarto ausente de ventanas y mientras observa cómo
el humo hace dibujos en el aire intentando escapar del encierro, sus párpados
caen agotados.
Sueña con
un enorme par de ojos que lo miran cubriendo todo el marco de su
ventana. No parpadean. Sólo lo miran y esa mirada está hueca, muerta. Se
acercan, se hacen gigantes y lo devoran. Siente que se ahoga y sus pulmones
sedientos de aire lo despiertan. Se levanta desorientado. Sus reflejos de
supervivencia le permiten reaccionar, saltar sobre el periódico que ha dejado
desparramado al lado de su cama y que ahora está en llamas. Pero su cerebro
continúa dormido. Cuando al fin se le ocurre ir por una toalla al baño para
sofocar el fuego, la cama se ha
encendido. Se desespera. Solo le preocupan sus pinturas. Sale a buscarlas. El
humo va tras él persiguiéndolo como un fantasma. Tocan a su puerta desde
afuera, se oyen gritos y él abre como un autómata. Ve cómo un pequeño ejército
de deportistas entra a su casa extrañamente organizado y haciendo una cadena
humana llevan al antejardín los cuadros.
Nadie parece notar que está desnudo. "¿Habla español?", alguien
pregunta sin esperar respuesta. Ya llamamos a los bomberos. “No se preocupe que
nosotros le salvamos sus cuadros”. Dice una mujer de pantalón rosa que dirige
la cuadrilla de improvisados socorristas. Sus ojos se encuentran. Ella lo mira
nerviosamente, le sonríe y le dice que ha tenido suerte de que estuviera pasando por ahí justo en el momento
del fuego. Sus mejillas se incendian.
La sirena
de los bomberos irrumpe bruscamente para apagar el fuego que ya se ha tragado
la cama y las cortinas del cuarto. Una hora después, todo vuelve
a la calma. La casa huele a fogata urbana. El sol ha logrado abrirse paso a codazos, los
deportistas se han dispersado, los mirones han retornado a sus vidas, la mujer de pantalón rosa no está y ... él... se siente
extrañamente en paz. Ha recuperado su alma.
